Empiezo con mi experiencia para ayudarlos

Mes de febrero. Ya habíamos vuelto de las vacaciones. Nada en el horizonte más que esperar el comienzo de las clases. Para quienes nos quedábamos en casa, el aburrimiento era nuestro compañero, la creatividad nuestra salvación. La brisa cálida y el sonido de las chicharras nos invitaban a pasar el tiempo afuera, colgar la mirada en algún árbol. Momentos de introspección, calma, quietud, conexión, y descanso.

A fin de febrero se notaba a mamá ansiosa por comprar los útiles, había reuniones, notitas pegadas en la heladera. Ya sentía alguna presión sobre mis hombros.

Se anticipaba el comienzo de otro ciclo. Otro tiempo, que dejaba de estar marcado por nuestras propias ganas, para pasar a un cronograma de horarios con actividades que nos interesaban y otras que nos fastidiaban.

Aparecía el despertador, el desayuno servido bien temprano se comía casi sin hambre porque la panza estaba llena de sensaciones diversas. Miedo, ansiedad, angustia, nervios, y a su vez ganas de reencontrarse con amigos.

El comienzo del pasaje a otro espacio que no era el hogar, lo íntimo.

Una nueva etapa que suponía adaptarse a otros mobiliarios, diseñados para permanecer sentados. Otros manejos del cuerpo: hacer una fila, permanecer sentados, prestar atención, hacer deportes. Otra gente. Mucha gente. Pizarrones, tizas, cartulinas que nos daban la bienvenida.

Olores propios de ese comienzo. Ese cambio se huele. El olor a aserrín húmedo que esparcían con la escoba para limpiar los pisos, olor a cartuchera nueva, olor a goma de borrar. Mágicamente después de unas semanas desaparecían y se hacían propios, imperceptibles. Los ruidos también eran otros; el bullicio del inicio de la clase y después el silencio absoluto y la voz de un nuevo maestro, que nos acompañaría hasta en los sueños.

Responsabilidades: pertenencias nuevas que cuidar, desempeños por mejorar. Madrugar, peinarnos prolijamente, usar un uniforme. Compartir experiencias con pares.

Pasar a ser uno más. Adaptarse a lo que más convenía para pasar desapercibido y aprender a hacerse notar cuando las cosas nos salían bien. También aprender a esperar el turno, a escuchar, enojarnos, respetar, y manejar las frustraciones, las decepciones, las injusticias.

Esperar el sonido de la campana que anunciaba un poco de libertad para nuestros cuerpos y pensamientos.

Aprendíamos a ser otros.

¿Para qué sirve este flashback? Para entender este pasaje como un proceso donde es lógico que se despierten muchas emociones, desafíos y aptitudes a desarrollar. Para entenderlo como un proceso que requiere de un esfuerzo, y de renuncias.

A fin de volverlo más actual, imaginémonos las sensaciones que nos recorren al ingresar a un nuevo trabajo. Son muchas; ahora imagínense un niño con la mitad de defensas y recursos en proceso de construcción para afrontarlas.

Haber pasado por nuestra propia experiencia nos dará herramientas para saber dónde ubicarnos y acompañar respetuosamente a nuestros niños.

Sólo si pudimos ubicar ese niño que fuimos.

Nos ayudará a no caer en reforzar el ideal de la imagen que necesitemos que los niños nos devuelvan. Quizás nos vuelva más empáticos y permeables para brindar espacios donde nuestros niños puedan comunicar cómo se sienten; sin rechazar por completo los sentimientos menos agradables que surjan y querer reforzar sólo lo positivo.

Todo cambio supone un poco de ansiedad y angustia. No hay que subestimarlo. Abrirnos y compartir nuestras experiencias escolares, también dar ejemplos sobre cómo nos sentimos cuando empezamos algo nuevo, es una buena idea para abrir ese espacio.

Tener que adaptarse a tantas situaciones nuevas, con tantos desafíos, nos ayuda a pensar en la variedad de aprendizajes/habilidades que se tienen que poner en juego.

Tener esto presente nos revela que el rendimiento académico depende de muchos factores, que a veces se nos pasan por alto. Pensemos en un niño que le cuesta hacer amigos, que no se integra a su grupo de pares, que le cuesta defenderse de los demás. Seguramente su desempeño académico se vea afectado. Si un niño no puede contar lo que está padeciendo en el colegio, sus notas se convertirán en el único indicador visible .

Por eso es importante generar espacios de comunicación genuinos donde el adulto también pueda contar acerca de sus experiencias y exista un ida y vuelta con confianza, sin sanciones. Si esto no ocurre y lo único que nos llega es la mala nota, nos queda de nuestro lado tomarnos el trabajo de acercarnos al colegio y pedir colaboración para pensar qué puede estar pasando con nuestros hijos.

¿Cómo lo ven en el aula? ¿Qué hace en los recreos? Si podemos ser conscientes de que el conocimiento hunde sus raíces en motivaciones emocionales quizás nos aparezcan más recursos para preguntarnos que está pasando y pistas sobre como acompañarlos.

El desafío sería preguntarse qué leer allí, en esa trabazón, en esa reticencia. Si nos detenemos unos segundos a buscar qué está obstaculizado, nos evitará recurrir a apelar como único recurso a la voluntad del niño: “ponete las pilas” o entrar en los premios y castigos: “si no aprobás no hay Play” que muchas veces no resuelve nada, o quizás si, pero lo único que logramos es tapar ese foco que nos invitaba a leer mas allá y que tal vez era la única manera que tenia ese problema latente de salir a la luz. Aprovechar los conflictos como una oportunidad de poner de manifiesto algo que no veíamos y que necesita de nuestro acompañamiento, de nuestro espacio, de nuestra reflexión, de nuestra presencia, de nuestra intervención, a tiempo.

También puede ocurrir que sea la institución la que no brinde las condiciones propicias para que nuestros niños se adapten. Por ejemplo, una maestra que tiene muchos reemplazos producto de sus licencias. En niños pequeños, estos cambios dificultan la transferencia, relación clave para querer saber, querer quedarse. Es nuestra tarea ver que puede estar afectando a los niños, que se despierte nuestra curiosidad y nos invite a reflexionar más que a castigar. Pensemos que el desempeño del niño se da en un entre. Entre el colegio, su casa y su propio ser.

Entonces, ¿estamos listos para acompañar este comienzo?

El comienzo del comienzo

Cada nivel precisa de sus “adaptaciones” ya que cada etapa presenta desafíos propios de la edad de cada niño. Focalicemos en la primer adaptación, el jardín, que arranca cuando el niño tiene un año, quizás dos o tres.

¿Cómo acompañar, por ejemplo, en el caso de los más pequeños donde todavía no hay un lenguaje verbal muy desarrollado?

Cada jardín presenta su propio plan acerca de cómo debe realizarse esta adaptación.

Es importante que les contemos a los niños lo que va a suceder. Conocer a las maestras sobre todo para la seguridad de los padres. Estas primeras aproximaciones son importantes; poder sentirnos escuchados y evacuar la mayor cantidad de dudas que tengamos, hablar de cómo son nuestros niños hace que la adaptación del lado de los padres -porque sí, claro que nosotros también vamos a necesitarla! sea con confianza, ya que eso es fundamental para poder transmitírselo a los chicos. Que sus padres confían en la institución que eligieron es algo que se transmite. Eso es un factor necesario para que el niño pueda quedarse.

Frente a la propuesta de la adaptación es siempre saludable que dejen algún hueco para poder flexibilizar esas pautas a las particularidades de lo que necesita cada niño, cada familia. Esta primera adaptación es muy importante que sea paulatina, respetando los tiempos individuales de cada familia.

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Lic. Estefanía Apfelmann
Psicóloga (U.B.A.) – Psicoanalista
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